jueves, 17 de mayo de 2012

Dead is the new alive

Delirios de Penny Lane a las 23:56
Reacciones: 

Capítulo IV

Dead is the new alive

REC: Dead is the New Alive –
Emilie Autumn
“So take me now or take me never
I won't wait, you're already late
So say goodbye or say forever
Choose your fate
How else can we survive?
Dead is the new alive”



En ese camino hacia Andresito no pude evitar pensar sobre mi abuelo. No importaba cuanto tratara de distraerme, el pesimismo parecía cernirse a mí con sus tentáculos malignos, asfixiándome. ¿Va a necesitar otra transfusión? ¿Cómo lo está manejando la abuela? ¿Se habrá apiadado alguno de sus siete hijos y comenzó a cuidar las necesidades de sus progenitores? ¿Es otra infección? ¿Necesitará más antibióticos? La tía dijo que está con suero… ¿Tan grave es esta vez? ¿Cuánto faltará para que muera? ¿Qué va a pasar cuando se vaya?
Inevitablemente, las preguntas se arremolinaban a mi alrededor en un espiral obsesivo que no me llevaba a ningún lugar, estoy lo suficientemente cuerda como para aceptarlo. Pero al fin y al cabo era él la razón por la que viajábamos en un silencio de velorio en el Gol rojo de mi madre.
Casi todo el bendito viaje medité sobre Don Bruera, la muerte, la vejez, el sufrimiento del convaleciente, el dolor que deben soportar sus familiares y amigos al verlo sufrir.
También pensé sobre el karma.
Es decir, si se supone que todos estamos en esta vida, en este preciso momento y lugar, con las personas específicas, y en las circunstancias específicas… es por una razón. Porque tenemos una misión que cumplir. Pero también venimos con multas que pagar, las atrocidades que hemos hecho en vidas pasadas, tal vez simples como atropellar a un gato por accidente o hacer sufrir a alguien por amor sin siquiera haberlo imaginado; o tal vez fuimos militares represores en los 70’s. Todo esto es teoría, por supuesto. Cortesía de, una vez más en cuanto a metafísica y asuntos esotéricos, mi padre.
Según la iglesia, las personas que sufren durante más tiempo sobre la tierra, es decir las que viven más años, son las que más pecados tienen que redimir. El karma dicta algo similar, para mí es prácticamente un sinónimo. Comparten sus principios estructurales, ¿Así que qué más da el resto? Pero eso yo ya lo sabía de antemano, al derecho y al revés.
La verdadera cuestión aquí para mí es cuan lejos llega el karma.
¿Acaso el dolor de perder a un ser querido es parte del cúmulo de energía negativa que cada uno lleva en sus bolsillos? La pesada cruz que llevamos en nuestras espaldas, serían las palabras de un sacerdote. ¿No es ésa acaso una leve concordancia con la teoría del karma, tan aborrecida por el Vaticano y los católicos?
No puede ser una simple coincidencia. Las coincidencias no existen, lo tengo claro. Pero si se supone que estoy abierta a nuevas respuestas, tengo que dejar de pensar en que el dolor de la pérdida es puro legado de un antiquísimo yo.
Podría ser sólo un efecto colateral… No sé. El tema me tiene confundida.
Aunque haciendo memoria… He visto a excelentes personas morir a una corta edad. A los cuarenta y tantos murió una bella y trabajadora profesora de Geografía. No se mucho de su historia de vida, aunque si conozco las consecuencias de su partida. Dejó tres hijas en la facultad y un adolescente que ya antes de su muerte estaba bastante perdido… No me quiero imaginar lo que será en estos momentos. Esos chicos perdieron a su padre y al año murió de un aneurisma la madre, según los amigos, de tanto trabajar. Si, esa es una verdad, se rompió el culo laburando toda su vida, así como mi abuelo, y dejó a cuatro hijos prácticamente desamparados. No es que éstos fueran malas personas, sino que la vida de ricos en la que habían crecido los acostumbró a comodidades, pereza, trabajar poco y recibir mucho.
¿Qué puede ser esto sino karma? Todo el sufrimiento, la pérdida. Y ni hablar de tener que dejar de estudiar alguna carrera portentosa porque la facultad elegida es demasiado costosa y jamás en la vida habían pelado una papa siquiera, que decir trabajar o peregrinar con una pila de curriculums debajo del brazo.
No se me ocurre otra explicación, ni lógica ni mágica ni religiosa.
Y aún así, estoy empezando a creer que el destino, las moiras, o quien sea que manipula los hilos de nuestras vidas, es una de las personas más sabias que existen.
¿Qué habría sido de ese cuarteto si su madre hasta hoy día siquiera trabajando, respirando, tratando más y más duro de darle la mejor vida con las mejores oportunidades a sus hijos?
Creo que éstos jamás habrían aprendido a valerse por sí mismos. Tampoco quiero decir que os padres deben morir para que los hijos prosperen por sus propios medios, pero lo que no te enseñan tus progenitores, no lo aprenderás en la escuela. La vida se encargará de ello.
No tengo ni la más pálida idea de la finalidad de este sufrimiento, o de la muerte de mis abuelos. Si, hablo en plural, porque aunque quince años separan a Mercedes Lorenzo de Alexander Bruera, la primera no tiene vida sin el segundo. Ha vivido desde los diecinueve años con ese hombre de pasado tempestuoso, sufrido, ascendencia italiana y espíritu trabajador y bondadoso. Mis primas y yo hemos afirmado hace un poco más de un año, que “Se termina el abuelo, y se termina la abuela también. Ella no va a aguantar mucho.”
Y creo en ello totalmente, no me importa lo negativo y fatalista que sea, ella saldría de su casa solamente en un féretro. Sin mi abuelo no sé quien cuidará de ella, y no es que él la cuide mucho ahora que está vivo tampoco, en vista de que apenas puede con su alma. Pero encerrada en esa casa llena de recuerdos, de luto y con el orgullo español que tiene, la pena la consumirá. Creo que basta con decir que las veces que él ha enfermado y tuvieron que ir de urgencia a la capital de la provincia en busca de un especialista como la gente, ella se ha enfermado también. Y en ocasiones, de más gravedad que él.
Puedo reírme y decir que es todo psicológico, porque con lo orgullosa que es, creo que ni enfermarse se permite, pero el miedo, la angustia… No sé qué siente exactamente, pero la negación a perder a su compañero de una vida lo resume todo. No quiere ni oír hablar del abuelo muerto, mucho menos de aceptar que él no es eterno, ya cumplió noventa años mamá, ¿Qué más quieres con la vida que tuvo? Creo que una vez mi madre le dijo eso, y la respuesta fue la más predecible para esa señorona de carácter, espíritu y cuerpo fuertes cual cedro. Le lanzó la mirada más indignada y gélida que pudo a su tercer retoño femenino. En un pestañeo pude ver sus amplias caderas atravesando la puerta, de vuelta al corazón de su casa.
Mi tía más chica es igual, se encuentra en el mismo estado de negación, lo que probablemente sea un mecanismo de autodefensa. Y es que el golpe será tan duro cuando los abuelos se vayan…
Los años pasan, las personas se van, y la vida cambia. No hay más remedio, a apretar los dientes y aguantar el dolor se ha dicho. Nada volverá a ser lo mismo, y la resistencia al cambio que tenemos los seres humanos es tan… patética. ¡Nos hace depender de cosas  que tal vez ni siquiera necesitamos!
Ja, no sé a quién quiero engañar. La muerte la he aceptado, pero no me gusta ni un poquito perder a un ser amado. Y ese hecho se me hace tan egoísta que trato con todas mis fuerzas de pensar que es la ley de la vida, inexorable, y que solo tengo que aprovechar los momentos que me quedan y atesorar los que permanecen en mi memoria como si de oro se tratase.
Una vez en el cielo, en el limbo o donde quiera que vayan sus almas; una vez que sus cuerpos sean devorados por los gusanos, no sé qué será de nosotros. No puedo comenzar a imaginar una navidad sin el típico humo del asado, sin los gritos joviales de los tíos alegres gracias al vino, sin mis primos pequeños correteando de aquí para allá rompiendo, tumbando y desacomodando cuanto mueble o adorno se interponga en su paso -como yo misma lo hacía en un pasado para nada distante- y los gritos reprendedores de las madres, las puteadas de mi abuela. El momento de la comilona donde siempre se reza y se sirve a la gurisadita primero. Cuando desocupan sus lugares se sientan los más grandes y los adultos, dando comienzo al festín. Las ensaladas de papa, los primos mayores que pasan y pasan con bandejas rebosantes de carne. Alguien carneó un novillo para la ocasión, otra aportó un pescado, la abuela mandó a comprar con una semana de anticipación media docena de pollos… Chorizos, morcillas, achuras… Ensaladas de esto y de lo otro, algún lechón y en algunas ocasiones alguien procura pavo o cabrito.
Después llega el postre, escapar de la vista de los adultos para evitar ser reclutados en la cocina a lavar las montañas de platos. La pirotecnia a medianoche en el medio de la calle… Estirar la mano para hace desaparecer alguna que otra botella de sidra o Fresita y luego encerrarnos entre Alexa, Ciel y yo en alguna de las habitaciones de la casa a hablar pavadas, tomar un poco y desde que tengo celular, llamar a los números comunitarios gratuitos como la policía o los bomberos y hacerles bromas. Somos un trío indescriptible, y de cuando en cuando se unen Michelle, Myla, Naty, Belén o incluso Marilú… Aunque últimamente anda con aires y costumbres de zorra estirada. Somos todas primas de  más o menos la misma edad.
La fiesta de año nuevo transcurre de la misma forma: comilona, risas, lavar platos, gritos, alguno con heridas leves, mucho alcohol, ropas de gala… Y nunca faltan las tías coquetas que son más como parásitos que solo se dedican única y exclusivamente a chupar el dinero de sus maridos… quienes por cierto son unos pollerudos de primera. Las muy desgraciadas no mueven una uña ni para cortar la papa para la ensalada, pero bien que se sientan como todos a comer. Lo critican todo: mucha sal, poca mayonesa, que amarretes que son, está muy cocida la papa, le falta un poquito más de queso a la chipa de choclo, faltan platos, le falta azúcar al jugo, está caliente la gaseosa, blah, blah, blah.
Así y todo, jamás he visto –en mis dieciséis años de vida- que alguna de ellas tome la iniciativa de tomar una botella de hielo y picarla. Jamás se levantan a buscar las servilletas que faltan, jamás recorren la casa de la abuela de punta a punta en busca de sillas descuajeringadas y pintarrajeadas hace un centenario para que sus retoños las usen por cinco minutos y con un salto de saltimbanqui corran a las habitaciones interiores a jugar. Jamás he visto a una de ellas, con sus encopetadas uñas de acrílico, pelar una mandioca. Jamás he visto sus ropas de marca o sus zapatos de tacón brasileros sumergidos en un charco de agua jabonosa y mugre mientras el agua grasienta de los platos y ollas les llega hasta los codos.
 Lo terminé asumiendo como el equilibrio, siempre hay un lado positivo y uno negativo.
Ahora sin embargo, o en un futuro que ya ha dejado de ser tan distante, las fiestas ya no tendrán sabor a fiestas. Al menos hasta que me acostumbre a la idea, hasta que pueda asimilarlo todo porque honestamente no creo haberlo digerido. Pero no sé ni para que me adelanto a los acontecimientos, el abuelo todavía respira… Y por otro lado, creo que me tengo que ir adaptando desde ahora, para que el golpe no sea tan fuerte.
El último domingo que pasé en su casa, por ejemplo, mi abuelo se encontraba caminando sobre la delgada línea que separa a la vida de la muerte, postrado en su cama sin poder siquiera sentarse. Afuera nos encontrábamos Belén, su padre, Ciel y su madre, la mía, la abuela, y Michael el padre de Marilú, que había arribado recientemente a la casa con su primera nieta a visitar al padre convaleciente. Los “adultos” todos parloteando, discutiendo y vociferando sus verdades –porque creo que el carácter orgulloso y tenaz de mi abuela lo tenemos todos incorporado en la sangre a pesar de que el apellido en nuestros documentos sea el de su marido, por lo tanto, nunca nos equivocamos.
Que le bajó la sangre, que no le hicieron el cultivo correspondiente, que hicieron todo mal en este pueblo de mierda con sus médicos truchos. Y si pero con la desesperación no lo pensamos dos veces, dejamos que le pongan el antibiótico directo a la vena. Y bueno, ahora vamos a tener que llevarle otra vez a Eldorado a que le hagan otra transfusión…
Todos pujaban como si estuviéramos en una subasta de antigüedades, luchando por mantenerlo en pie, aunque en este caso el único premio era la satisfacción de saber que le pegaste en el diagnóstico. Otros tíos simplemente no hacen nada. Se muestran muy preocupados, pero al patriarca lo visitan cada muerto de obispo.
Yo escucho atentamente cada pequeño detalle, aunque no abro la boca más que para sorber la bombilla del tereré que pasa de mano en mano por la ronda en la que nos encontramos; buscando tal vez no repetir los mismos errores en un hipotético futuro… Sin embargo, lo único que quiero es que cierren el pico. Que acepten lo inevitable y dejen de buscarle el pelo al huevo. Honestamente estoy cansada de esas conversaciones, ya sabía exactamente que palabras desencadenarían la verborrea y como terminaría la misma. Era siempre la même histoire.
Lo único que conseguían era deprimirme y ponerme de mal humor. No le veía el caso, la finalidad a dichos debates. Era como repasar cada detalle de una relación después de una ruptura, rastreando posibles errores. Lo hecho está hecho, y no hay vuelta atrás.
Si se apresuraron cuando vieron que el abuelo apenas podía respirar, llamaron al médico y este sentenció infección urinaria, ponerle antibióticos por I.V. fue lo que se hizo. Más allá de si estuvo bien o mal, por lo menos movieron el culo para generar un cambio positivo. Fue casi espontáneo, no se sabe si era realmente una infección urinaria porque no se hicieron los estudios… el viejo estaba en el borde. Era hacer algo o verlo morir según mi tía Norma, la única hija que nunca abandonó las faldas de la madre.
Esta decisión precipitada fue la causa de la merma en el conteo de glóbulos rojos en sangre de mi abuelo. El padece de anemia crónica causada por la vejez, en cristiano: su puede decir que su médula produce cada vez menos glóbulos rojos, y por ende, cada vez tiene menos sangre. Cada vez que se le administra antibióticos o analgésicos, aunque sean de lo más simples como ibuprofeno o paracetamol, merma la cantidad de sangre que tiene el viejo en las venas. Menos sangre quiere decir menos oxígeno llegando a cada parte del cuerpo, y menos oxígeno significa que se cansa demasiado con el más mínimo movimiento.

Así que aquí estoy, en la amarga espera...


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