martes, 19 de junio de 2012

Chameleon Girl

Delirios de Penny Lane a las 20:12
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Soy yo, entre la neblina buscando el camino de vuelta a ninguna parte

Chameleon Girl



REC: Chameleon Boy –
Blue October
I changed my color for you
I shed my coat with caution
I lack the beauty you display
See here there are the bruises
And some were self-inflicted


Soy lo que el ambiente quiere que sea, lo que las situaciones me indican que es mejor ser. Que es más conveniente ser.
No puedo recordar una sola situación en la que yo no me amoldase a los demás. Si estoy con mi papá, lo dejo hablar, regurgitar todas las teorías neo budistas o cosmo-trágicas que tiene. Cuando estoy con el prácticamente no hablo, a menos que el haga preguntas del tipo “¿Cómo estás en la escuela?” “¿Qué tal los estudios de inglés?” “¿Hablaste con tus abuelos últimamente?”… Y no puedo recordar más, seguramente porque a partir de ahí, él se dedica a guiar la conversación, a monopolizarla.
Y yo… yo simplemente me camuflo con el entorno. Si el empieza a hablar del trabajo, se exactamente qué tengo que responder para que siga su cháchara. Me entusiasmo cada vez que me cuenta su periódico avistaje de algún bicho salvaje en la selva, que es donde trabaja usualmente. Hago algunas preguntas sobre su trabajo, sobre la novia, sobre su casa… realmente básicas, pero suficientes como para mantenerlo hablando durante horas; y como usualmente esa es la cantidad de tiempo que nos vemos, un par de horas, todo funciona perfectamente bien para mí. No me malinterpreten, me encanta estar con él. Me encanta su sabiduría, él me envuelve, me compra con sus palabras de predicador evangélico bien entrenado-aunque creo que él ni siquiera tiene una religión definida- me entretiene. Me hace olvidar el resto del mundo, a tal punto que se hace demasiado difícil echarle en cara algo. Ni siquiera puedo pensar en algo que reclamarle. Y eso me hace sentir tan bien en ese momento, pero tan enferma cuando dejo de estar bajo su influencia que es simplemente… enfermo. Obsesivo. Patético. Soy débil y punto.
Pasando a otras relaciones, si estoy con mis primas por ejemplo, sé que me transformo en una nueva versión de mí misma. Bromeo, nos reímos como desquiciadas, le robamos alguna sidra a mi abuela, una que seguramente está desde año nuevo en la despensa, sobreviviendo a las comilonas, los asados y encuentros, exclusivamente esperando por nosotras. Llamamos a los bomberos, a la policía o a cualquier número telefónico que sea gratis para divertirnos a expensas de los pobres trabajadores: le decimos cosas picantes, fingimos gemidos, les pedimos que nos busquen en la rotonda, ellos con su equipo de trabajo y nosotras (en realidad la que está en el teléfono) vamos a estar esperando con un corsé provocativamente ajustado color rojo y que debajo de la minifalda se esconde una tanga con perlitas…
 O simplemente miramos películas comiendo caramelos de forma casi compulsiva. Jugamos a The Sims (1) (nuestro juego de simulación favorito desde que yo lo descubrí en un cyber) hasta el hartazgo, hacemos que una familia tenga diez bebés, algunos propios pero mayormente adoptados… Ese tipo de persona soy con Gretchen y Alexa. Una adolescente real, sin preocupaciones mayores ni obligaciones. Completamente libre. Allí es donde pertenezco, eternamente junto a ellas.
Con mis amigas soy diferente, aunque no sabría como simplificarlo en pocas palabras. Bueno en realidad no es como si yo tuviera amigas en el sentido propio de la palabra. Son compañeras de curso con las que charlo sobre música de moda, la cual en realidad no me gusta. Hablan sobre técnicas de maquillaje, sus novios o los chicos que les gustan mientras yo me quedo callada y escucho cabeceando y haciendo preguntas ocasionales.
La verdad es que digo sus porque la confianza no me alcanza para contarle que chico me parece lindo, soy muy tímida, y en el fondo sé que no me gusta realmente ninguno porque sinceramente dudo que pueda volver a fijarme en alguien mientras me desvivo observando cada pequeño detalle de Melissa. Ella es muy bonita: alta, bastante delgada, cabello lacio hasta la mitad de la espalda de color rubio oscuro, mucho acné en el rostro y ojos increíblemente verdes. Fue una de mis primeras amigas cuando entré al industrial y creo que estoy completamente obsesionada/enamorada de ella.
Ella entró al industrial con su propia mejor amiga de toda la vida, Yonell. Ellas dos que son las más señoritas de nuestro curso y prácticamente el resto de las chicas del curso son mis cuasi-amigas. No me llevo mal con ninguna, creo que demasiado agria tendría que yo ser para levarme mal con alguien desde el primer año en ese colegio. En fin, nos hacemos cartelitos, visitamos nuestras casas y toda esa ‘típica cosa de chicas que empiezan la secundaria’.
Con mis abuelos paternos soy diferente a las versiones de mí misma que proyecté anteriormente. Por un lado está el Abuelo Bicho, que es maestro mayor de obra y le encanta joder con los clavos, la chapa y pintura, canoas, campamentos y toda suerte de actividades al aire libre. Cuando estoy en su compañía me dedico a pescar, hacer casitas para los perros de mi tía y sobre todo escucharlo: habla más que un loro. Una personalidad que complementa a la maravilla la mía ya que prefiero escuchar lo que tienen los otros que decir a hablar sin decir nada realmente. Ya saben, como dice el dicho “Si no tienes nada mejor que ofrecer que el silencio…”.
Con mi abuela me dedico a recolectar anécdotas del pasado, recetas de cocina, ayudar en la casa, limpiar, armar el arbolito de navidad y esas cosas. Pero principalmente me dejan hacer mi vida. Durante mi niñez, una que incluso ella, Theresa, pone en tela de juicio; era sinónimo de Alabama junto a los abuelos, mirando cuando dibujito animado pasen por Cartoon Network, y antes Magic Kids. Como en mi casa solo se captaban canales brasileros o paraguayos y los adorados abuelos ponían el cable (2) solo cuando nosotros, Dylan y yo, íbamos a su casa en las vacaciones de verano o invierno, ambos aprovechábamos a empaparnos de tv por las mañanas y un rato después de almorzar, mientras ellos dormían la religiosa siesta. Cuando despertaban la abuela recogía un par de cajas de cartón repletas de manjares para comer mientras sus nietos chapoteaban en la frescura infinita de un arroyo de Alabama. Felices eran aquellos días en que todo nos era servido en bandeja de plata, nos dejaban dormir hasta tarde, nadie nos decía nada, nuestras fotos recubrían cual costoso papel tapiz cada rincón de pared de la casa.
Así fue mi infancia, siendo con Alyson de una forma, con Gretchen y Alexa de otra completamente distinta. Frente a Hugh me transformaba en la viva imagen de la madurez, la obediencia y sobre todo el silencio –no estoy exagerando, desde que tengo memoria me pasaba las horas junto a mi padre, adorándolo en silencio mientras observaba sus actividades de técnico en computadoras, cables por aquí, placa madre por allá, un led menos, un tornillo más… Y que me proteja Krishna (3), Buda (4) y la Virgen si se me ocurriese abrir la boca para peguntar algo o decir alguna incoherencia tan propia de la curiosa naturaleza infantil, porque Hugh no soportaba las impertinencias. Era mi obligación estar ahí parada por horas, embutida en un vestido de volados ridículos y botas ortopédicas incómodas. Así vas a aprender que el aire no se mastica, solía decirme- Con Nafga, una vecina raquítica e histérica pero mi única amiga durante el jardín de infantes, era otra persona por completo. Hacíamos toda suerte de diabluras, trepábamos árboles, besábamos peluches, mirábamos dibujitos animados (ella siempre gozó de los privilegios de ser la más pequeña de la casa y siempre tuvo cable). Pensándolo bien, era ella el motor que impulsaba todas nuestras aventuras, pero en fin, volvía a ser una niña durante las horas que transcurrían a su lado. Casi como en ese pueblito perdido en la selva donde vivían Gretchen y Alexa, volvía a ser una niña sin preocupaciones. Lástima que las cosas buenas siempre duran tan poco tiempo y ponto debía regresar a mi casa para ayudar a mamá, a la empleada, a Dylan, al que sea… Así fui, así soy y realmente no estoy segura de cómo cambiarlo. Múltiples facetas me inundan, salen a relucir cada vez que alguien pulsa los complicados botones de mi personalidad. Diferente estímulo, diferente reacción. Cambia el entorno, y yo instantáneamente cambio mi piel. Como un camaleón.
I’m a chameleon girl with so many skins as the environment wants.
Supongo que nacieron en mi necesidad de agradarle al mundo entero. Toda la vida me sentí marginada o por gorda o por antisocial o porque me gustaban los libros en lugar de los power rangers (5), no lo sé. Simplemente me sentía aislada. Y en mi necesidad de no aislarme creé personalidades acorde a cada grupo de amigos que me hacía. Creo que todos somos un poco así: no nos comportamos igual con nuestra familia que con nuestros amigos, o nuestros profesores o por teléfono o por email o vaya a saber qué otra situación. No puedo hablarle a mi familia de la misma manera que a mis amigos, ni puedo a un novio explicarle chistes que hago con mi familia y en el trabajo tenemos que dar otra imagen. Todo el mundo se la pasa inventando personajes, el problema es que me los tomo en serio y me sirven.
Tal vez tenga algún trastorno de múltiple personalidad, o lo que sea. No es como si me importara mucho, ser de esta manera me hace sentir especial. Es decir, me encanta adaptarme a las personas, entenderlas, poder ser lo que ellas quieren que sea. Pero algunas veces quiero que los papeles su den vuelta, que el karma me devuelva las cosas positivas que aporto al universo. Que alguien me ame más allá de la razón como yo lo hago, que me entiendan, que me acepten como soy en el fondo, esa persona enterrada muy, muy, en lo profundo.
Y tal vez, quizás, ese sea el quid de la cuestión.
 ¿Quién soy yo? Who am I?
Yo soy yo y nadie más.
Yo soy yo y mis circunstancias.
La segunda frasela encontré vagando por internet y posteriormente mi padre (si, otra vez él porque para importarme tan poco, lo involucro  demasiado) la utilizó para justificar a su novia, sus constantes viajes, el escaso dinero que me pasaba para satisfacer las necesidades más primordiales y otras cuestiones. Según él, yo lo tengo que aceptar. Tal como lo hice durante toda mi niñez, tengo que callarme, agachar la cabeza y sumisamente aceptar que los elefantes son fucsias y dormitan en el living.
Otra vez me tengo que adaptar: C’est la vie.
Es lo mejor que hago, adaptarme a las personas.
La otra frase, la primera, me la repetía Hugh, para variar, mientras me hacía leer el Baghavad Gita (6) y no comprendí su significado sino hasta muchísimos años más tarde. Aunque no estoy segura de la aplicación de tal teoría en mí. Es decir, “yo soy yo” suena bastante redundante, pero, ¿Y la parte de  “y nadie más?” Yo soy una persona física, gorda e inútil como tantas veces lo señalaron tantas personas. Pero por dentro soy un pandemónium de delirios, teorías, poesía de cristal, sentimientos encontrados, huesos seniles y palabras susurradas en las sombras.
No lo sé con exactitud, y hay partes de mí que aborrezco completamente, así como hay otras que aprecio muchísimo. Tanto de mi personalidad intrincada y camaleónica como del cuerpo físico del cual soy prisionera. Del mismo modo en que no sé como soy, tampoco sé cómo ser yo sin ser juzgada. Lo que es totalmente irónico porque no me avergüenzo de leer o de que me guste, ni de decir que tengo padres divorciados o una marcada preferencia por el rock en un mundo donde la mayoría de la gente escucha cumbia villera.
Aún así, hay pocas personas que me conocen, si es que hay una en la que haya confiado totalmente. Y es que simplemente no puedes ir por la vida diciendo que te enamoraste de tu mejor amiga, o al menos a los mejores y más cercanos amigos. No creo que lo aceptarían. O desparramar el hecho de que te fascina la muerte, cortarte, aún cuando no estás frustrada, solamente por el simple placer morboso que produce ver como la sangre brota lentamente, en pequeñas gotitas, desde los cortes que me hago.
Tampoco es como si pudiera ir vestida de la forma en que me gustaría –un estilo tipo gótico victoriano- tanto porque me re cagaría de calor entre el corsé y las faldas largas, como porque mi madre nunca jamás de los jamases lo aceptaría. Sin mencionar que el maquillaje negro no luce bonito si está todo manchado, y con el calor que hay donde vivo es imposible no transpirar y mantener un maquillaje impecable. Tampoco es como si se puede confiar tus inseguridades a la gente, incluso cuando pertenecen a tu círculo más íntimo, porque me cuesta muchísimo abrirme y desnudar mi alma.
En algún punto creo que hasta tiene sentido, quiero decir que si soy insegura de mí misma, ¿Cómo voy a estar segura de los demás? ¿No es eso lo que todos los psicólogos te dicen? ¿O los viejos axiomas?

Para que otros te respeten, primero respétate a ti misma.

Bueno, para el caso es lo mismo. Si quiero estar segura de la incondicionalidad de mis amigos, ¿No debería estar primero segura de mí misma?
Y la verdad es que es muy fácil decirlo, pero ¿cómo ignorar la celulitis que invade mis piernas? ¿Cómo saltar libremente con el resto cuando la realidad es que me siento incómoda bamboleando mi tejido adiposo y preferiría estar encerrada en mi habitación, cubierta por frazadas acogedoras mientras me sumerjo en un libro apasionante?
Vivo más limitada que libre, pero la realidad es que solo he vivido trece años. ¿Qué son trece años comparados con los ochenta y cinco de mi abuelo? Nada.
Y aunque siento que me voy a morir de dolor el 90% del tiempo, aunque esté cansada de usar esté corsé de plástico que me corta la respiración, aunque no sienta deseos de pasar por la casa de mi padre para entablar una conversación insulsa que no me cambiará la vida, aunque me enferme ver tantos animales hambrientos en las calles, aunque esté perdidamente obsesionada con Melissa y duele que ella esté con otro… ¿Qué puedo hacer?
Nada
Ahí es donde estoy, en la nada.
Como dijo Cielo Latini, “Soy yo, entre la neblina buscando el camino de vuelta a ninguna parte”.

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